Por, Luis Alberto Nina
Quizás hoy más que nunca resulte oportuno entender desde dónde originan nuestras convicciones amorosas: del trauma. Yo estimo que al menos unas 3/4 parte de la población mundial carga consigo algún tipo de afección psicológica, originada en la infancia, cual, naturalmente, limita el que se pueda elegir bien en el presente. Su desenlace no solo se da en el ámbito de las relaciones de parejas y en el cómo nos vinculamos con éstas, sino que, ocurren constantemente durante el día a día con colegas, familiares, amistades y hasta con desconocidos. Este fenómeno se presenta sin avisar, no nos damos cuenta cuando está sucediendo y, hasta a veces, ni mirando atrás lo reconocemos.
Enamorarse siempre fue algo lindo. Y sí, antes igual cargábamos la cruz de nuestros traumas, Un chip defectuoso, como le llamo en uno de mis escritos… un chip que se consolidó durante nuestra niñez y que, vendría a sentar las bases de una enorme parte de todas nuestras decisiones perniciosas en la adultez.
Traumarse es mayormente involuntario. El trauma cuando se crea en la infancia echa raíces… al punto de que, así como dice el proverbio, Árbol que nace torcido, su tronco jamás endereza… este no nos abandona nunca. Y más si no sabemos siquiera que vive en nosotros.
Traumorarse es “amar” empujado desde los traumas; particularmente esos de infancia. Son esos pedacitos de pesadillas que, sin saberlo, son las primeras trampas que nos ponemos antes de accionar en nuestras interacciones. Enamorarse mediante los traumas se siente como perder el tiempo en el romance; sin lugar a dudas es agotarse. Es cierto que de ellos se sufre bastante y que despierta en nosotros la soledad, la antipatía y la individualidad; sin embargo, a veces igual se aprende a elegir mejor, a sentir mejor, a valorarnos y a querernos sinceramente.
¿Es posible erradicar los traumas de infancia?
No lo sé. Pienso y diría que no, estos no se pueden matar; están destinados a acompañarnos el resto de la vida. Ahora, en lo que sí creo, es en que debemos hacernos amigos de estas heridas; entenderlas, aceptarlas, ignorarlas o confundirlas cuando sea necesario antes de actuar. Aprender a rodar en nuestras sombras… i. e. no puede ser que el hecho de que un día de compras, cuando tenías cuatro años, “sentiste” –que por unas horas – extraviaste a tu cuidador, cuando lo que realmente sucedió fue que éste, por literalmente 33 segundos, fue solo al otro pasillo de la tienda, y ahora tengas unas ansias de no querer “separarte”… específicamente de esa persona que intenta perdérsete. No. Algo que no se entiende no debería gobernarnos tanto el día a día de nuestra historia.
Aboguemos por querer de verdad a quien en sí nos quiere, por estrechar la mano por segunda vez a quien nos la dio en la primera; aboguemos por situarnos como prioridad, querernos y luchar por nosotros. Aboguemos por abrir más la mente e ingnorar más los latidos del corazón: eso no es amor, mas si la ansiedad de una ausencia durante la niñez lo que patea y que, si te descuidas, de adulto también vas a volver a caerte.
No es que el amor moderno debe ser igual al de antes; cosas obviamente cambiaron… El amor de antes era puro, directo, menos ofertas e incertidumbre. El amor de antes era entrega y, si bien es cierto que igual los traumas estaban allí, no llamábamos a aquello traumorarse, porque a la larga los vínculos eran muy bien correspondidos.