Por, Luis Alberto Nina


El hombre ha muerto

El empoderamiento femenino de las últimas décadas, conjunto con el auge de las redes sociales, específicamente Instagram, todo invocado por el capitalismo, han conducido a la institución familia al derroque social de los tiempos. La mujer tradicional, esa con quien se ha creado toda la sociedad humana, ha modificado muchos de sus ideales, de sus prioridades y, sobre todo, de sus comportamientos. La mujer a la que nos enfrentamos hoy es otra especie; quizá la mejor versión de sí, si se mira desde el punto de vista de una feminista; o quizá la peor versión de sí, desde la óptica masculina.

 

Sépanlo las mujeres o no, esta “destrucción de la familia” se ha debido al desenlace de tal empoderamiento. Sólo aquellas que se han atrevido a balancear sus nuevas libertades con las responsabilidades en el hogar, han triunfado, porque han logrado mantener en vigencia la tradición que ha poblado toda nuestra civilización.  

 

—Una mujer se le acerca a su esposo y, frustrada, le reclama lo siguiente: “Ella no es más joven que yo, ella no es más flaca que yo, ella no es más linda que yo, ¿entonces, por qué no pude haber sido yo?”

—A todo esto, el hombre le responde lo siguiente: “Porque ella es más suave que tú, ella es más tranquila que tú, ella no me grita, ella no me llama “idiota”, ni me dice que me calle a cada rato. Ella me escucha, ella es buena conmigo, ella no me hace sentir que lo único que la cohíbe de ser feliz soy yo”.

Generalización

Cuando se generaliza, no solo en este escrito sino en todo, no se intenta concluir que la pronunciación de la estadística es una aseveración y que le corresponde a “todas” las mujeres (de lo que estaré hablando en todo este escrito). Generalizar viene de “por lo general”; y no tiene que ver con totalizar. Cuando se totaliza, se afirma de modo rotundo la idea de las cifras estadísticas. Es decir, cuando se habla de la mujer, se habla de la gran mayoría de ellas; y tú, si eres mujer, obviamente no formas parte de ella. Tú eres especial, diferente, totalmente original… ¿te gustó? Ahora, por favor, continua la lectura…

Nunca en la historia de la humanidad se ha vivido un declive de la moralidad dentro de las relaciones de pareja, como durante la presente. Y me atrevo a decir, de tener que atribuírselo a un género, que este flagelo ha sido provocado principalmente por la mujer; y no digo que lo haya hecho intencionalmente. Ha sucedido de forma coyuntural, mientras ella juega con sus nuevas libertades.

 

Desde inicio de la civilización hasta recientemente la mujer siempre ha sido oprimida. Y esto lo digo aun sopesando que ambos sexos somos distintos y que, naturalmente, tenemos diferentes roles. El hombre, socialmente, siempre ha sido percibido como el “único” de los dos con derecho a la palabra. Por consiguiente, la mujer nunca tuvo las mismas libertades ni derechos que éste. ¡Pero eso es hasta ahora! Y, a pesar de que la mujer de hoy disfruta, si se quiere, de casi todo lo contrario, no se sacia, ella entiende que debe ir a por más… y si, ¡finalmente se ha defendido! Básicamente ha conquistado el ser y tener igual que el hombre; ha luchado por los mismos derechos y las mismas libertades, como el derecho al voto, a poseer propiedades y a ocupar posiciones políticas, entre otras. O sea, ha “aprendido” a librarse de la violencia de genero.  Sin embargo, la batuta del movimiento feminista igual persigue otras “libertades” u ocurrencias que hay que admitir se han excedido de la misión. Dos serían: el intentar “compararse” con el hombre, al igual que, –no necesariamente solo intentar acabar con el patriarcado–, sino abogar por la instalación de un matriarcado. Muchas mujeres no quieren en sí los mismos derechos del hombre, sino que, debido a tantos milenios de opresión, quieren ser ahora el género que impone. Lo que ha provocado al imaginario social de hoy a situaciones escandalosas.

Feminismo y sus Cuatro Olas

Las libertades de la mujer empezaron a hacerse sentir desde aquella Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, durante la Revolución Francesa. Tal se enfocaba en perseguir la dignidad de la mujer. Básicamente: así como el hombre es, así la mujer también. Donde éste está, ella también… Pero más se sintió con las luchas por el derecho al voto, a la educación, la propiedad privada, los cargos políticos, etc…

 

Posterior a esta estipulación de Gouges, en sus Cuatro Olas; y de la mano de Flora Tristán, durante el s. XIX, se dan los primeros pasos del feminismo moderno. En su Primera Ola (La emancipación de la mujer) y los derechos al matrimonio, políticos y el sufragio. Las reivindicaciones de La Segunda Ola, durante la segunda mitad del s. XX, tuvieron que ver con: la sexualidad, la familia, la desigualdad, el trabajo fuera del hogar y la reproducción. La mujer ahora forma parte del mundo laboral fuera del hogar, con expresiones como, “We Can Do it” (de aquel famoso cartel de Rosie “The Riveter”). Y obviamente, la inmensa Simone de Beauvoir, con sus movimientos de las liberalizaciones de la sexualidad de la mujer: “No se nace mujer, se llega a serlo”. La Tercera Ola, desde los 90s hasta la actualidad, toca otras corrientes como el feminismo racial y la “opresión” del patriarcado. Y la última, la Cuarta Ola, la más reciente, abarca movimientos como: “#Metoo” y “#NoesNo”…

 

El capitalismo motivó a que tanto la Segunda y Tercera Olas tuviesen lugar porque, mediante la liberación y la incorporación de la mujer a los ámbitos laborales, esto le generaría más bonanza al mercado. Ahora, la última Ola es para mí, principalmente, conjunta con la expansión de los medios cibernéticos–sociales, cuando empieza la mujer a verdaderamente alejarse de la matriz de la sociedad; de su hogar. 

Desde los principios

El hombre troglodita, durante el paleolítico, salía de su cueva a cazar la comida del día; y la mujer lo esperaba allí dentro. Este hombre se echaba el garrote al hombro y, hasta que no consiguiera la comida, no volvía a la cueva. Entonces el cavernícola se enfrentaba –no solo al animal a quien iría a cazar–, sino a otros trogloditas que merodeaban con la misma intención. No era como que el que llamara a la vista primero al animal, éste le pertenecía. Había que luchar para matarlo y, todavía más importante, había que arrebatárselo a otros cazadores, de ser necesario. De regreso, mientras entraba a la cueva, el animal en el lomo y el garrote ahora siendo arrastrado, el troglodita es sorprendido por su mujer. Ella corre adonde él a sanarle las heridas, luego a cocinar el animal para ambos y, sobre todo, a darle sexo para que el hombre –el próximo día– salga con entusiasmo a realizar la misma hazaña. Tanto en ese entonces, como teóricamente hoy, el hombre que más animales cazara o el que más potencial tuviese de lograrlo, era el de más valor. Y nunca fue contemplado como un hombre de valor aquel que tuviese los ojos verdes ni el que decorara mejor la cueva. El hombre tenía su rol, la mujer tenía su rol. El hombre de hoy, quiero creer, aún conserva ese rol; mientras que la mujer… elucubremos.

 

Sabemos muy bien que el hombre ha sido, desde siempre, el protagonista de toda la historia, la cabeza del hogar; quien decide e impone. Al menos lo ha sido hasta los últimos años, en que el movimiento feminista ha estado buscando usurpar tal posicionamiento. Tanto las feministas liberales, quienes buscan la igualdad de derechos frente al hombre; como las feministas radicales (o de raíz), quienes van más allá, y quieren romper el sistema patriarcal en el que vivimos; pretenden quitarle al hombre, para bien o para mal, el poder que éste ha albergado de siempre. Sin embargo, hay que entender que la “igualdad” entre la mujer y el hombre es una utopía, al menos lo es en los resultados de los que terminaré aludiendo en este escrito: las relaciones de pareja.

 

La mujer empoderada, sin lugar a duda, ha conseguido albergar vasto poder; tiene su educación, sus cargos políticos al igual que su empleo y ganancias… bien merecidos todos. Sin embargo, a la vez tiene sus otras libertadas, la que la distancian de su esencia femenina (nada que ver con feminismo). La mujer biológicamente tiene su rol en la sociedad, es ésta la que da a luz, no el hombre; es ésta la que amamanta, no el hombre; y es ésta la que produce exceso de estrógenos y no necesariamente de testosteronas. Por ejemplo, el hombre por naturaleza es agresivo (así defiende su hogar). i.e. cuando se oye un sonido fuera de la casa, es el hombre quien se irgue primero y sale a averiguar… Y en contraste a la mujer, quien por naturaleza es suave (así armoniza su hogar). i.e. cuando se oye a un hijo llorando a mediado de la noche, es ésta la que inmediatamente despierta y sale a averiguar qué le sucede. Y nada de esta diferenciación antropológica ha cambiado en toda la dialéctica de la historia humana. Sin embargo, la mujer empoderada de hoy, la feminista radical, quiere obviar esta lógica y aspira a que –todo lo que el hombre hace y tiene, lo puede hacer y tener ella–. Y esto le quita atractividad frente al hombre. Y tampoco es que el hombre sea intolerante, opresor, débil o que se resista al cambio, al menos no el hombre tradicional en los tiempos de hoy; es que este tipo de mujer simplemente no le atrae. Así mismo le sucede a la mujer: no le es atractivo un hombre obediente, afeminado, que no tenga potencial de conseguir recursos o que no la defienda…

 

Los estudios muestran que el hombre se casa con una mujer con su misma educación o menor; mientras que la mujer se casa con un hombre con igual educación o mayor, pero nunca menor. Las estadísticas del 2024 dicen que, el 47% de las mujeres, entre las edades 25 a 34 tienen un título universitario, mientras que solo el 37% son hombres. Como tal, debido a que la mujer se está educando más y está poco a poco consiguiente mejores empleos, se ha empoderado; lo que, coyunturalmente le ha quitado el propósito al hombre. El hombre tradicional salía en búsqueda de alimento, de medicina, de seguridad, digamos. Y la mujer de ahora está usurpando esa función; al menos ya no necesita de ese arquetipo. Y cuando no es porque el capitalismo la empuja, lo hace a Motu proprio. Es decir, no es obligada, quiere hacerlo. De modo que, el hombre ahora cae en la siguiente disyuntiva: quedarse en la casa e intentar parir los hijos, amantarlos y cuidarlos, o, ponerse a competir con la mujer para concluir quien tiene el poder en el hogar… Las relaciones en sí, no solo las de parejas, sino las políticas, laborales, etc, se dilucidan puramente en la competencia de poder. Sólo quien impere más, domina la misma. Debido a esto, no que sea culpa directamente de la mujer, sino coyuntural, como he dicho, los hombres de hoy no se sienten útil en la relación, están perdiendo testosteronas. Por lo tanto, son débiles amantes, se suicidan más y se están rindiendo a vincularse con pareja, entre otras cosas. Si el hombre no se siente necesario, se va a desconectar. ¡Los pobrecitos! Asumo que gritarán las mujeres…—  ¡Déjame terminar, que de lo que se habla en este escrito es de roles sociales!

 

El capitalismo

No es solo que el capitalismo haya motivado a que la mujer salga a producirle más bonanza, sino que, la ha alejado de la matriz de la sociedad, la institución familia. Mientras, la mujer empoderada de hoy, esa que tiene y puede, termina fallando en sus aspiraciones: busca un hombre que no existe. Por ejemplo, el hombre fiel no existe, el hombre siempre querrá estar con otra, con otras. Las va a mirar, las va a desear. Esto es biología. Lo mismo no sucede con las mujeres. Y muchas de ellas no lo entienden; aunque no digo que lo compartan. No lo asimilan porque somos diferentes. Tampoco la mujer reconoce que el hombre perfecto no existe. Ese hombre que la mujer a veces pinta: seguro de sí, alto, adinerado, aventurero, decente, solo convive en su imaginario. Es decir, está sucediendo un choque meramente absurdo en toda esta evolución, que está separando a las parejas, desintegrando a la institución familia.  

 

Dilucidemos este punto

El hombre de hoy ocupa las mismas posiciones laborales de siempre, la mujer de antes no ocupaba de estas posiciones. La mujer de ahora ocupa las mismas posiciones que el hombre; o mejores. Y, debido a que la mujer de hoy, o de siempre quizá, no está dispuesta a estar con un hombre que gane y sepa menos que ella, aspira a uno mayor, o como mínimo, a uno de su talla. Sin embargo, lamento enterar a la mujer que de esos hay pocos. No porque el hombre no haya crecido paralelo a la mujer, sino porque el único crecimiento del que hablamos le pertenece puramente a la mujer, a las conquistas de sus derechos y libertades. El hombre, quizás hasta ahora, no ha necesitado de un movimiento revolucionario… De modo que, sin ánimo a equivocarme, puedo decir que el capitalismo ha llevado a la mujer a igualarse, social, profesional y económicamente al hombre. Y muchos dirán que eso es bueno. Ahora somos lo mismo. En teoría a lo mejor lo sea. El problema es que, aunque el capitalismo si… la biología no lo considera una necesidad; cuando la mujer crece adonde el hombre hoy está, ella pierde interés de ese hombre. Al típico hombre o mujer no le es tan posible escalar más de donde ya se está en el tope. Si la mujer optara por cualquier hombre, uno que estuviese a su nivel, o más alto, “o más bajo”, no habría problemas en lo absoluto. Igual se pudiera refutar el que, el hecho de que a la mujer se le hayan abierto los bolsillos, la independencia y dominancia… no la culpamos (una vez más lo repito), la ha hecho más orgullosa y convencido de que ahora está en un pedestal. 

 

Las redes sociales

El problema con las redes sociales es que, refiriéndonos a las personas que viven en ellas, la mujer de hoy aspira a un hombre por encima de ella; no que esté debajo del agua, sino que viva en la superficie o que haya salido enteramente de ella, alegóricamente hablando. Y de esos, como ya he dicho, hay pocos. Entonces la mujer responde: yo aspiro a ese hombre, y si ese hombre no aparece, pues no. Yo sé lo que valgo y no me voy a conformar con cualquiera; nunca con uno que viva en el agua. ¡Jamás!

 

Se van a quedar solas, todas. Y si, yo sé que no les importa, que todo lo pueden… y es precisamente de esto de lo que estamos hablando… Obviamente, no son literalmente todas, son la mayoría, menos unas cuantas. Recordemos el párrafo de “generalización”.

 

Las opciones de la mujer tradicional siempre fueron limitadas, respecto a la cantidad de hombres que se le presentaban. Uno o tres hombres iban a su casa a cortejarla. No como ahora, cuyas opciones son dirariamente innumerable. Antes las relaciones que se formaban tenían un componente de necesidad: querer quedarse juntos. Sin embargo, hoy, debido a la saturación de las opciones con que se enfrenta la mujer, eminentemente a través de las redes sociales, quita de ésta toda tolerancia a la discordia con su pareja, el admirar a su pareja, la necesidad siquiera de quedarse. Hoy en día, como ella gana dinero o como gana más, se siente dominante. Ella entiende que si el hombre no es perfecto: gane más que ella, que sea más que ella, que pueda más que ella, entonces habrá otro de los tantos “pendejos” que la siguen, que si… No se queda; la hipergamia la divorcia de la pareja. He aquí la pugna; no sale a flote liderazgo donde ambos intentan imperar. El poder debe ser ocupado por uno. La mujer presiona por que sea ella. 

 

Sin lugar a duda, tanto antes como hoy, la atractividad de un hombre se mecía en su capacidad de adquirir recursos y de proveer seguridad y protección para una mujer o para su familia. La atractividad de una mujer siempre fue y siempre lo será: el cómo luce, su seriedad íntima y, sin dejarlo afuera, qué tanta paz y cuidado puede ella proporcionarle a un hombre. La mujer de hoy, siento yo, debido al feminismo y al auge de falsos pretendientes en las redes sociales, se ha vulgarizado. Ella entiende que con tan solo hacer un ademan, tendría a decenas de hombres a sus pies. Y sería real esta aventura; pero sería una lluvia de hombres de muy poco valor social, y no de esos que viven en el agua, si quiera; sino de los ahogados. Y, si es que le aparecen aquellos hombres que nadan, solo la van a buscar para entretenimiento… aunque dolorosamente admito que muchas mujeres modernas están dispuestas a la diversión.

 

Siento que la mujer de hoy ha perdido la íntegra con su cuerpo; lo que la hace delicada, dama, especial. Ha dejado de ser de solo un hombre, teóricamente hablando, sino de todos. La mujer de hoy, más que nunca en la historia, persigue la atención, la validación, el aplauso primordialmente por el qué tan desnuda ande. Su inquietud por ser más libre de la cuenta, la aleja de su innata atractividad. 

El video que acabas de ver muestra lo fácil que llama la atención de un hombre una mujer hoy en día. Y no hablo solamente de mujeres físicamente atractivas. Hasta mujeres embarazadas tienen ofertas de esta estirpe. Obvio, el problema está en que estas ofertas no son necesariamente “validas”, como he dicho. O sea, pocos hombres de valor se pueden extraer de tales. Todos andarían con ella; pero es probable que ninguno la elija como esposa.

Bueno, la respuesta del comentarista fue: Elige 50 de esas personas que consideres que encajas con ellos, y acéptale la cita a al menos cinco. Y si no resulta, vuelve y elige 50 más… O sea, ella puede que termine haciendo eso al menos unas 30 veces (lo que serían al menos 150 citas); y para ese entonces, tendrá otras mil ofertas a su merced. 

Un hombre que desde lejos percibe esta barahúnda… como son los hombres de posesivos con su mujer, que quieren que ella sea exclusiva, original, reservada… opta mejor por abandonar la búsqueda. Esto no hace al hombre inseguro, ni cobarde, ni princeso, ni poco hombre. Nunca ha tenido sentido luchar por el amor de esta forma. El amor por el que se lucha es el amor en que ambas personas lo quieren.

¿Qué es una mujer empoderada?

En principio, la definición sutil que se le da a la mujer empoderada y con la que todos estamos de acuerdo es la siguiente: es una mujer libre, que toma sus propias decisiones, que trabaja y/o estudia, que es fuerte y líder. Sin embargo, ese empoderamiento actual viene cargado con visos que, para muchas personas, resulta un detrimento para las relaciones de pareja. Por ejemplo, la mujer empoderada de hoy quiere ella liderar la relación, es siempre la víctima y no acepta que se equivoca, y como tal, no pide perdón. Esta entiende que tiene los mismos derechos que el hombre, sin embargo, se niega a mantener el hogar en cualquier índole: ni paga renta ni quiere hacer los quehaceres. Esta mujer empoderada en esencia es una mujer con muchos rasgos masculinos; una mujer que ha abandonado su femineidad.

 

La mujer empoderada no necesita a los hombres, no necesita de los hombres; éstos no son necesario ni en sus vidas ni en la sociedad. Ese hombre que ha creado todo y que a diario sale al mundo a trabajar en las labores más arduas, no es necesario… según la mujer. Parafraseando la parábola de Nietzsche, en mi propia idea: “El hombre ha muerto”. No es que el hombre ya no existe, sino que su importancia en la sociedad, según la mujer, no es necesaria. Sin hombres, se vive, y hasta a veces, se hace mejor. Afortunadamente, los hombres no piensan así; sin mujeres no se vive. Nosotros reconocemos la importancia de la mujer en la sociedad, en la comunidad, en la familia, como pareja. 

 

La mujer de hoy no valora al hombre, no tiene su espalda, no lo desea. Los únicos tres pilares que el hombre persigue de ella, como dije. La mujer debe ser la que defienda al hombre, no la que lo critica. Mientras que la empoderada, como ya se ha distanciado de su polaridad, tiende, por ende, a no valorar a su pareja, y en vez lo juzga, lo oprime. ¡Bravo!

 

El feminismo no le exige a la mujer madurar, sino que, le dice que no necesita a un hombre. Insta a la rebeldía, a buscar su derecho a toda manera y no a encontrarlo en el diálogo, en la armonía; insta a la mujer a romper el paradigma; así como una niña malcriada, como una antisocial. La opresión de la mujer existe o ha existido; y paralelamente existe la liberación de mujer. Es como la bilocación o la superposición de la física cuántica: las mujeres, en este caso, quieren estar en dos lugares al mismo tiempo… Pero si se saca al hombre de la casa, debe ella ser lo suficiente madura para poder conllevar despóticamente el hogar. Y más le vale que sea ella, o la familia se destroza, como lo vemos hoy en día… Hogares en que no hay un padre presente, en que la madre no permite que el padre o el padrastro corrija al niño, está destinado al fracaso. La función del hombre, fuera de la educación del niño, los primeros 5 ó 6 años, es que, cuando llegue a los inicios de la adolescencia, alegóricamente hablando, debe arrebatarle el niño a la madre. Es sacarlo a enfrentarse al mundo, es despertarlo. Así como el niño necesita eminentemente de la madre los primeros años, así necesita de la mano dura del padre durante la adolescencia.

Independencia financiera es “empoderamiento”

Todo el éxito del hombre siempre va a su hogar, para su familia, mientras que cuando es la mujer que gana más dinero, ésta evalúa si se queda o no en la relación. Esto es a lo que me refiero como hipergamia. Los hombres lo conocemos muy bien. Y no se critica, siempre y cuando no se lleve a la praxis, porque deteriora la familia. Es decir, mientras la mujer se quede en la casa, estamos bien; por esta razón es que al hombre le compete ganar más, ser más fuerte, tener más inteligencia, conocer más, etc… el empoderamiento de la mujer tenta contra esta comodidad. No es obligado que deba ser el hombre, pero sí, porque es pura biología; incluso, en la teología se aduce al dominio del hogar en las manos del hombre, a la mujer a seguir sus pasos. Es naturaleza que a la mujer le guste seguir las directrices de su esposo, es naturaleza que al hombre le inspire dársela, sentir que tiene la palabra. 

 

Tampoco es un misterio el que, una de las razones del porqué la mujer se casa, fuera de querer al hombre, de tener hijos, sexo, compartir una casa, de formar un hogar, es, debido a la parte económica. Es decir, la mujer se casa para servirle a un hombre y que éste no solo la guíe, sino que, la financie. Por la misma razón, en muchos casos, no abandona la relación. Este paradigma hoy en día no resulta del todo necesario; la primera parte sí, la segunda no. De modo que, todas aquellas mujeres que se casaban solo por conveniencia monetaria, hoy no les es necesario el matrimonio. Si no le es aburrida la soledad o las relaciones sin compromiso, prefieren estar solteras.  

 

Una mujer empoderada es a la que se le ha dado el poder y, como niño con juguete nuevo, le está dando uso a sus libertades. A ésta la agenda global la ha convencido de que, todos los hombres son malos y que no los necesitan; que ellas pueden hacerlo por su cuenta. Pero hay que enterarles de algo: tanto los hombres como las mujeres son importante en la sociedad; y más lo son los unos a los otros. Un hombre sí puede cocinar por su cuenta, sí puede cuidar de los niños, sí puede hacer todo lo que la mujer ayuda a hacer en el hogar. Pero la diferencia de ellos contra las mujeres es que, el hombre no quiere hacerlo, no quiere estar solo, quiere a la mujer a su lado. Y es que somos seres eminentemente sociables. No vivimos sin el uno con el otro. No solo las relaciones son una necesidad básica, como lo estipula La Pirámide de Maslow, sino que, sin éstas, no hay familia, no hay comunidad, no habría sociedad, no existe la civilización. Todo lo que la humanidad ha logrado hasta ahora se debe a las relaciones: a la buena voluntad, a la confianza, a la entrega, empatía, colaboración, todos dentro las relaciones humanas. Y esta mujer empoderada, con su nuevo juguete, dice: o yo, “Or the highway”. O sea, se ha quitado del menú.

 

Siempre pongo el siguiente ejemplo para hablar de la importancia de “Otra persona”, como lo hilvano en uno de los poemas de uno de mis libros:

Si de repente apareces en un mundo, sola (o solo) … entonces eres la emperadora y rey, la más billonaria, la más hermosa y elegante, la de mejor retórica, la de los colores más impresionantes… si no hay alguien allí que lo vea… si no hay otra persona que lo asimile, que lo escuche, que lo toque… si solo estás tú… entonces, Mi querido Watson… no tienes ni eres nada.

Recurro a otro poema, Amor de átomos, en que describo sobre la importancia de las cosas que tenemos cuando no están o cuando están a punto de partir. En el poema describo el siguiente escenario:

Aparece una persona flotando en el espacio, se encuentra desnuda, sin uñas ni cabello, nada que crezca con el tiempo (asumamos que se puede todo esto); si de repente aparece una pequeña piedra, una piedrecita… para esa persona, entonces, tal materia sería su mejor amigo.

El valor que le endilgamos a la otredad nos guste o no, es esencial para el desarrollo y desenvolvimiento cognitivo-natural de nuestra mente. Necesitamos del otro. Y esa necesidad se da en armonía, en la diplomacia, en la empatía, en la colaboración.

A lo que llamo es que, la mujer se aferre a sus libertades y construya su vida en el ámbito laboral, profesional, físico, etc, y que a la vez conserve su femineidad y, por derivado de esto, sus relaciones.

 

Recientemente leí sobre otro estudio que calculaba el porcentaje y las razones primordiales que las personas solteras buscaban en el otro en aras de empatarse con ellos. La primera era, con un 90%, atracción sexual. La segunda, con un 58%, amabilidad/ honestidad y empatía. La tercera, con un 39%, atracción física. Y la última, con un 35%, Share values (en inglés; en español sería algo como: los mismos principios que comparten). Y es bastante alarmante el que haya quedado de último quizá lo que debe ser número uno. Después nos preguntamos por qué las relaciones de hoy en día no perduran. No es qué tan bueno, lindo o amable sea; debería ser qué tan bien nos llevemos. Y esto solo se logra si estamos en la misma página, si caminamos en la misma dirección…

“De qué le sirve alguien ganar el mundo entero si pierde su alma” (Mateo 15:26)

Se aboga por que como mujer empoderada seas la directora de la empresa, la abogada prestigiosa, la maestra, la conductora de camiones; sin embargo, cuando llegues a la casa, quítate ese traje, y vuelve a ser la esposa de tu hombre; sé cariñosa, atiéndelo, déjate guiar y realiza tus quehaceres; sé femenina. Mientras, el hombre será tu protector, te mimará, ayudará en los quehaceres y te seguirá reduciendo todas las preocupaciones… será masculino.

 

A las mujeres empoderadas solo les pertenece un hombre: el hombre débil. Porque solo un hombre débil quiere tener a una mujer a su lado que le gobierne. Obvio, si el hombre no se pone las pilas y agarra el mando de su hogar, la mujer siempre terminará masculinizándose. En realidad, fuera del tema de la mujer empoderada, y hablando de las mujeres masculinas, estas solo existen donde los hombres no son masculinos.

Mujer moderna v. Mujer tradicional

La mujer moderna y la mujer tradicional son dos animales distintos. Se han cambiado los roles de poder en torno a toda aquella empatía, tolerancia, sumisión, entendimiento en general, que ayudaba a mantener la armonía en los hogares. Ahora la mujer no es “sumisa” con su pareja solo porque “le ama”; ahora es “sumisa” con el jefe, solo porque “le paga”. Porque el conflicto en su búsqueda por la igualdad aparenta que no es en sí con los hombres, sino con los esposos. El hombre que que la cortejea en la calle puede ser o no igual a la mujer, a este ella no le lastima; pero sí al hombre que la pretende. Este es el hombre a quien ella odia, de quien ella busca sus otras libertades… y se empodera.

 

El hecho de que la mujer haya salido del agua y percibido que hay más oxigeno fuera del mar, no quiere decir que el hombre -que aun convive en el agua- esté mal. Sí es cierto que el ser humano, en esencia, debe siempre intentar superarse, salir del agua. La mujer que hoy es abogada, no acepta a un hombre que sea menos que ella. O tiene que ser un abogado prestigioso, o juez, o ser el dueño de un bufete de abogado. La mujer de hoy “vive” fuera del agua, séase en teoría o en la praxis. Mientras que, los hombres de siempre; tanto los tradicionales o modernos, si es que se quiere diferenciar, aún siguen o siempre han vivido debajo del agua. Aquellos allí convivían. Y ellos, al igual que los que salían a flote, todos, siempre tuvieron las mismas oportunidades con las mujeres tradicionales. Hasta hoy…

 

Mi evaluación final es que, el feminismo no es malo en su totalidad. Lo que daña al movimiento es la básica interpretación que se le ha dado, lo que ha conllevado por imposición del mercado, a la radicalización de la opinión femenina respecto a las relaciones de pareja. La mujer empoderada grita que no hay que abrirle la puerta, que no necesita de un hombre, que puede, que lo hace hasta mejor que éste. Y sí, puede que sea cierto, como puede que no; entonces a la vez grita que los hombres no les abren la puerta, que no les pagan la cuenta, que no las defienden. Un ejemplo de esta idea fue El movimiento estadounidense “#MeToo”; llevó al hombre a alejarse físicamente de la mujer. Lo condujo a la idea de que, si esta no inicia, mejor él tampoco; no vaya a ponerle luego una demanda por acoso.

 

El escritor dominicano, Junot Díaz, fue cancelado socialmente debido a que, supuestamente, éste “abusó” de una mujer hace unas tres décadas atrás. Luego, cuando se le cuestionó a la “victima” de qué se trataba “el abuso” del que gritaba, el escenario que pintó fue el siguiente:

—Junot intentó besarme; colocando sus dos manos en la pared e inclinándose sobre mí. Allí estaba yo, corralada.

—¿Pero te besó o siguió intentándolo?

—No.

 

Los hombres no dejaron de conquistar, las mujeres dejaron de valorar la conquista del hombre. Al hombre le encanta conquistar, en su esencia esto lo llena: que su insistencia fuera premiada por ella. Sin embargo, el hombre de hoy entiende que, haciendo más gana menos, que “no haciendo absolutamente nada” se lo gana todo o no gana (pero al menos no desperdicia su tiempo). De modo que, no es muy compleja la ecuación: el hombre de hoy prefiere no insistir… no trata porque entonces no falla ni es ridiculizado. Tampoco es demandado por acoso, ni desacreditado, ni termina en la ruina… Es que, para la mujer de hoy, ser un hombre noble parece no ser suficiente. Entonces, buscando el chivo espiatorio que excuse sus malas decisiones, voluntaria o involuntariamente, en este caso, llaman a esos hombres, “princesos”.

 

Pero les entero que los roles de genero siempre han existido; el hecho que hoy se estigmaticen, han terminado causando una reacción. Y esta es la reacción, los hombres de hoy se están alejando de ser señalados. Eso no los hace un princeso, ni un machista, ni toxico, ni basura, ni pendejo… a los hombres nos encanta e intentamos siempre, caminar en la lógica. Si algo te molesta, no lo hacemos; pero si hay días que sí te molesta y otros que no, tampoco lo hacemos. Para estar seguro, “preferimos no hacerlo”, siguiendo aquella expresión de Herman Melville en su famosa obra, Bartlerby, el Escribiente. En la obra, Bartlerby prefería no hacer nada de lo que su jefe le pedía. El jefe, anonadado por el descaro de sus respuestas y actos, volvía a mandarle. Y Bartleby decía nuevamente, “Prefiero no hacerlo”. A todo esto, al final de la obra entendimos del porqué Bartleby respondía como lo hacía. Similar a las respuestas de Bartlerby, séase verbal o en acciones, los hombres de hoy están tratando a la mujer como tratan a cualquier otro de sus amigos. Poco a poco están dejando de verlas como el género especial que siempre fue, sino como iguales a ellos. La mujer empoderada se ha igualado al hombre, este lo ha aceptado.

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